Ahora que febrero llega a su fin, es momento de reflexionar sobre uno de los temas más controvertidos del año: el idioma.
Sí, el idioma.
Recientemente, el español fue objeto de críticas por su presencia en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX. Algunos detractores afirman que su inclusión intentaba borrar la cultura “estadounidense”.
Sin embargo, tras 250 años de historia sin un idioma oficial a nivel federal en Estados Unidos, surge la pregunta: ¿Realmente el inglés representa a todos?
Hasta hace un año, no existía ningún documento oficial que designara al inglés como idioma oficial de Estados Unidos.
De hecho, no fue hasta el 1 de marzo de 2025 cuando la administración del presidente Donald Trump aprobó una orden ejecutiva relacionada con el idioma nacional.
El decreto establecía que una sociedad unificada se fortalece con un idioma común. Además, hacía referencia al idioma utilizado en los documentos fundacionales del país, como la Constitución y la Declaración de Independencia, redactados en inglés.
Sin embargo, un país está mejor representado por quienes lo habitan. El idioma va más allá de órdenes ejecutivas y sistemas de comunicación.
Según la Oficina del Censo de Estados Unidos, 67.8 millones de personas hablaban en 2019 un idioma distinto del inglés en sus hogares.
En San Diego, el idioma está estrechamente ligado a la expresión cultural y al sentido de comunidad.
Como ciudad fronteriza con México, la región participa de manera directa en el multiculturalismo y en la coexistencia de diversas tradiciones, identidades y formas de comunicación. Sin embargo, la ciudad representa más que el idioma español y la identidad latina.
San Diego está expuesta de manera constante a distintas partes del mundo a través de lo que sus residentes ven, escuchan y consumen cada día, reflejo de una comunidad diversa y en constante intercambio cultural.
El distrito Convoy es considerado el mayor distrito comercial panasiático de Estados Unidos. Little Italy es la más grande del país. Barrio Logan, por su parte, es un referente de la cultura, el arte y el activismo chicano.
Convoy no solo es el hogar de algunos de los platillos más deliciosos de San Diego, sino que cuenta con más de 450,000 miembros de comunidades asiáticas e isleñas del Pacífico. Ha permitido que cientos de negocios dirigidos por familias multigeneracionales crezcan a lo largo de los años. En este vecindario se encuentran supermercados, restaurantes, centros de entretenimiento, iglesias, consultorios médicos y despachos de abogados.
El impacto de Little Italy va más allá de contar con uno de los mercados de agricultores más concurridos de San Diego. Su asociación ha revitalizado el barrio y ha preservado su historia a través de exposiciones de arte público y negocios de propietarios italoamericanos y de otras comunidades. Según su sitio web, “Little Italy de San Diego no solo es un barrio urbano modelo para la ciudad de San Diego, sino que también sirve de modelo para los pocos Little Italys que quedan en todo el país”.
Barrio Logan surgió cuando estudiantes chicanos lucharon por su lugar en la comunidad. Hoy, el Parque Chicano es un Monumento Histórico Nacional donde las tradiciones culturales cobran vida. Colectivos de artistas, galerías, exhibiciones de autos, restaurantes y múltiples negocios trabajan para preservar la identidad y la fuerza chicanas.
Estos son solo algunos de los barrios más conocidos de la ciudad y ejemplos de cómo la cultura “estadounidense” se ha construido, en gran medida, a partir de las contribuciones de comunidades inmigrantes. Todo ello basado en tradiciones, comunidad e idioma compartidos.
Incluso en la Universidad Estatal de San Diego se espera que los estudiantes reconozcan la historia de la tierra en la que residen. Según la División de Asuntos Estudiantiles y Diversidad del campus, la universidad fue construida en tierras que nunca fueron cedidas legalmente por el pueblo Kumeyaay.
Considerado durante mucho tiempo como un “melting pot”, este país suele describirse como una nación formada por la integración de inmigrantes.
Con frecuencia, ese concepto se interpreta como la idea de que quienes llegan deben dejar atrás la cultura de sus países de origen para adoptar plenamente la cultura estadounidense.
El idioma suele ser lo primero que se abandona al mudarse a otro país, pese a que en muchos casos es el vínculo más cercano con la identidad propia.
En ocasiones, también es la herramienta que permite a las personas encontrar la ayuda y los recursos necesarios para salir adelante en un nuevo lugar.
Una vez que se pierde, es probable que las tradiciones y otras costumbres sigan el mismo camino.
Según el Pew Research Center, “En junio de 2025, 51.9 millones de inmigrantes vivían en los Estados Unidos”.
Si esa población llega a pensar que el único idioma que debe hablar es el inglés, el país corre el riesgo de perder estados, ciudades y vecindarios que valoran la inclusión.
Si el español, o cualquier otro idioma, se percibe como una amenaza capaz de dividir la cultura estadounidense, quizá el problema nunca haya estado en el idioma, sino en la fragilidad de lo que se considera ser un “verdadero estadounidense”.

